viernes, 26 de julio de 2013

Arder

y después....¡plop!

¿tan fácil es?

desconectar, desenchufar, anestesia natural

dejar la sangre enfriar

ubicarte en el epicentro de tu realidad

ignorar lo visceral

inspirar, espirar


son hostias sin parar contra el muro que separa tu dolido interés de aquello que nunca alcanzarás a comprender, porque en tu cabeza no caben complicidades forjadas a golpe de calendario ni humos compartidos hasta el amanecer, ni sábanas de hoteles, ni fotos de carnet

y en el barullo del desorden que te compone, volver a arremeter contra el ladrillo, a ver si a fuerza de insistir consigue colarse en la camocha algún concepto que desmenuzar, a sabiendas de que más abajo, un corazón bombea frenético a punto de estallar

¿a qué estas ganas de sufrir, esta ansia por observar situaciones en contextos que jamás entenderás?

¿acaso prefieres arder e incendiar, y olvidar los escombros que te puedan sepultar?



pero ellos.... pero yo....



inspirar, espirar

ignorar lo visceral

tú eres el epicentro de tu realidad

sofocar, apagar

¿tan fácil es?

Descansar.





viernes, 17 de mayo de 2013

Clouds

En esta nube gris caben mis manos
procurando mantener agarrado
ese tenue haz de luz que hace de faro
y me mantiene en el firme camino del asfalto, lejos del fango
cerca de lo que se supone que tiene que ser mi vida
(aunque a veces, sin saber cómo, el asfalto se derrita)

En esta nube gris caben palabras
desordenadas, irracionales, a destiempo, entrecortadas
torpes y amargas
aquellas pobres perdedoras que no pasaron por la criba
de lo oportuno y dicharachero
y no encajaron en los moldes
aquellas que sólo pueden ser escupidas
y viven en lo alto, acuosas y clandestinas

En esta nube gris cabe tu juicio
cabe el muro contra el que estamparse
grandes ojos de guadaña 
que ensombrecen complicidades
cabe la decepción 
de uno a los demás y viceversa
cabe el cansancio, la espera
de lo que nunca vendrá a no ser que yo me mueva
pero las (des)ganas pesan, y pesan, y pesan...

En esta nube gris cabe algo precioso
que nunca alcanzarás a ver
porque está sucio y oxidado
sus incompletos engranajes chirrían
y entona una triste y repetitiva melodía
porque no lo verás vestido de alegría
porque en esta nube existe otro tipo de nobleza
vulgar e imperfecta

En esta nube gris cabe un hilo finísimo
y una funambulista temblorosa
caben impotencia, frustración
caben patadas e inconsciencia
cabe el tiempo que pierdo,
los momentos que malgasto,
oportunidades que desaprovecho 
y energía materializada en relámpagos

(Lo que un caparazón no puede contener en su interior
se evapora y sube directo hacia ella)

Esta nube gris nunca para de engordar
cada día depara mil monstruos que va acogiendo sin distinción
supongo que por eso le gusta llover
empapar de verdades cabezas y paraguas
(narices, labios y mejillas)
deshacerse del peso de lo que ya ni recuerdo
y dormir, tras la tempestad, con un sosiego renovado

Con una calma que parece eterna
aunque las dos sepamos que no
(pero nos gusta engañarnos).






viernes, 19 de octubre de 2012

No.

Y no.
No tengo tiempo para gastarlo en lo efímero.
Tengo, necesito centrarme en lo palpable, lo tangible, lo que está aquí.... aquí. No en otro mundo. Uno de tantos mundos paralelos inventados a raíz de esas decisiones que nunca tomé. Un mundo que tal vez exista, pero ¿a mí qué más tendría que darme, si no se manifiesta, si no viene a sorprenderme a cada uno de los pasos que desgastan las suelas de mis zapatillas? Si sólo está compuesto de miradas, de frases, de contextos que bailan al son que yo toco.
La ilusión del que va caminando suspendido sin tocar tierra cuando lo que necesita de verdad es descolgarse y romperse un tobillo al impactar contra el asfalto. Una ilusión inútil, irrealizable, peso innecesario en mi camino, confusión entre sueño y vigilia. Y escalofríos (mierda de escalofríos), y calor en las mejillas.

Te alejaré, tarde o temprano, lo haré. Porque es esta realidad a la que pertenezco, no a aquella llena de espejismos de actos y palabras continuamente naciendo y desvaneciéndose.
He de salvarme de todo ello, por mi calma. Por mi bien.

sábado, 7 de abril de 2012

Ekilicuá

será que ha llegado la hora de matar eso que oprime tu laringe
y de entrar en tu mente y abrir las puertas de par en par
porque quizás acabas de darte cuenta de que vivir en paz y tranquilamente
no tiene por qué ser un bodrio, ni una rutina, ni mucho menos un lastre

Por no castigar a mi conciencia, he decidido otorgarle el beneficio de la duda, aunque no sea ético ni lo recomienden por ahí.
(La pobre ya es mayorcita, un día acabará fatal de los nervios)





Vaya un sábado tristón se ve desde mi ventana.

miércoles, 21 de marzo de 2012

agridulce.

Buceando entre lo que tengo y lo que quiero hacer, topándome con las necesidades y con las absurdeces que me rodean (y que en parte me constituyen), reconociendo apenas con un rápido vistazo figuras que en su día fueron familiares, dejándome embriagar por la desconfianza y el escepticismo, luchando -no tan fieramente como quisiera- contra la ignorancia y buscando, como si de un personaje de cine parisino se tratara, la sonrisa incontrolable que otorgan las pequeñas cosas... no alcanzo a entender lo que soy.
La impotencia se sienta a mi lado como cada día, y me da golpecitos en la espalda,
un día más en el mundo, ¿eh? ya te estás acostumbrando, bien hecho. A veces mi voluntad es secuestrada por la influencia ajena y no me la devuelven hasta que me cojo un buen mareo a causa de no saber qué pensar, la falta de autonomía te deja sin aliento de puro horror. A veces necesito decir barbaridades, necesito descontaminarme, porque tristemente me he acostumbrado a vivir intoxicada.
¿Quién me vendió lo de poder elegir mi lugar en el mundo? ¿Por qué no me advirtieron de las ataduras invisibles, las que nos creamos inconscientemente ? ¿Por qué nadie me habló de la angustia injustificada, del miedo irracional, de las percepciones infinitas, de lo que cansa intentar desenredar una descomunal maraña mental?
Observo todo con cierta postura a la defensiva, de la que me libro en cuanto puedo. En cuanto puedo pensar con claridad, cuando las cosas son sencillas, cuando el pulso me va despacio y el tiempo decide ralentizarse para acompasarse con él. Pero nunca se sabe cuando se volverá a acelerar hasta querer reventarme el pecho.
Llega un punto en que todo es relativo y circunstancial, los planes se van a pique y no puedo aceptar el naufragio, no debo aceptarlo. No quiero teñir de oscuro mi visión del mundo, no quiero amargor en mi manera de hacer, no quiero envidias, no quiero olvidarme de disfrutar.
No quiero olvidarme de mí.

Me hace gracia que a veces, unos cuantos versos o un simple proverbio me puedan hacer creer que todo es alcanzable, que yo puedo. Textos efímeros que, sacados de contexto, de la nada, aportan dosis de fuerza moral. Me aferro a ellos como el koala al eucalipo, me los repito (no vaya a ser que se me olviden) y luego me doy cuenta de que toda esta maniobra de autoayuda nació en mi cocorota, y que parece que hay un yo pululando dentro de ella que realmente quiere salvarme de la autodestrucción.

¡Si encontrara la manera de hacerte comprender que la importancia de un problema es la que tú le quieras ver...!

Y me río un poco, y por unos segundos filosofeo un poco torpemente sobre lo subjetivo que es todo. Entre chorradas a tutiplén y muchos, muchos sueños.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Lamron

A veces pasa que te levantas de la cama y sientes que ese día que tenía que llegar.
Un día cualquiera en tu calendario. Pero ya desde primera hora lo sabes, no va a ser normal.

Mientras te lo repites en la cabeza, vas intentando desmenuzar el significado de esa palabra.

Normal.

Normal. ¿Qué es normal? Normal es levantarme de la cama un día cualquiera y no preguntarme estas cosas, joder. Ducharme, vestirme, bajar a desayunar, como en un día normal.

Normal.
Normal, normal, normal.
Cuantas más veces lo pronuncias más extraño te resulta, es cada vez más ajeno a ti.

Nnnnooooorrrrrrmaaaaaaalllllll.

Vas fijándote en todos tus gestos, preguntándote si estarán siendo ejecutados por simple automatismo, como si hubieras dejado la mitad de tu mente en piloto automático y la otra
mitad lo observara todo desde fuera, medio flipando por lo curioso de la situación.

La mitad que lo observa soy yo, es quien habla ahora mismo. Mientras, el piloto se
encarga de guiar mis manos hacia el frigorífico, coger el zumo y echármelo en un vaso.

Mirando intermitentemente al reloj de la cocina, sin ver la hora.

Sí, definitivamente, hoy es un día como los demás


(desterrando viejos textos para paliar la falta de creatividad. 20/7/2010)

martes, 7 de junio de 2011

¿Qué quieres?

Entonces, cerró el pico.
No iba a poder responder tan fácilmente a esa pregunta. Enmudeció y miró a su alrededor. Normalmente las contestaciones solían llegar a su cabeza sin demasiada dificultad, pero ésta vez no le estaba ocurriendo igual.

¿Qué narices...?
Miraba.
Su mirada se posaba en un lado y en otro, esquivando lo que evidentemente no quería ver.
Miraba al coche que pasaba por su lado.
Al perro con las patas excesivamente cortas.
A la columna.
Al chicle pisoteado en el suelo.
A los takeos de la pared.
A la gente riendo ruidosamente en las terrazas. Finalmente reparó en su cara de impaciencia, con esa expresión que parecía rezar en letras de neón "DILO YA". Instintivamente volvió a mirar al chicle. Una hormiga tiraba de él con insistencia, como dispuesta a estarse así el tiempo que hiciera falta hasta despegarlo entero y llevárselo a la madriguera. ¡Mirad, chicas! lo he hecho yo solita. Se sorprendió en estas cavilaciones sin ningún sentido y utilidad y sintió vergüenza.
Vergüenza por no ser capaz de preocuparse de lo que estaba ocurriendo, cuando se le estaba pidiendo a grito mudo que respondiera, y rápido. Qué iba a responder, si tenía el cerebro congelado y la garganta dormida de la impotencia.

Impotencia de llevar toda una vida pidiendo las cosas claras para, una vez llegado el momento, no saber ni qué decir,
ni qué pensar

... ni adónde mirar.






Quiero que me oigas sin juzgarme.
Quiero que opines sin aconsejarme.
Quiero que confíes en mí, sin exigirme.
Quiero que me ayudes sin intentar decidir por mí.
Quiero que me cuides sin anularme.
Quiero que me mires, sin proyectar tus cosas en mí.
Quiero que me abraces sin a s f i x i a r m e.
Quiero que me animes sin empujarme.
Quiero que me sostengas sin hacerte cargo de mí.
Quiero que me protejas sin mentiras.
Quiero que te acerques sin invadirme.
Quiero que conozcas las cosas mías que más te disgusten,
que las aceptes y no pretendas cambiarlas.
Quiero que sepas...
que hoy puedes contar conmigo.
Sin condiciones.








[Jorge Bucay.]

domingo, 13 de marzo de 2011

Pompas

Un gato dándole zarpazos al ovillo de lana que tengo por mente sacaría más provecho al tiempo que yo intentando desenredarlo. Al menos, él se divertiría un poco. Seguro que sabe que escarbando a conciencia encontraría en el núcleo de esa maraña enfermiza una puerta a un mundo paralelo en el que, en ese momento, habría otro gato aparentemente distinto, jugando con un ovillo de lana de distinto color, acercándose a lo que nuestro gato entiende por mundo real. Seguro que piensa, divertido, ¡de lo que es capaz la mente para convencernos de que no estamos solos vayamos donde vayamos!... aunque en realidad, lo estemos. Lo de sentirse solo viviendo con gente continuamente alrededor no es nada nuevo, así como sentirse pequeño, torpe y primitivo en una gran ciudad. A veces prefiero mi pompa, esa que establece la barrera entre un entorno susceptible y traicionero y la seguridad de sentirse a salvo, como cuando de pequeña jugaba al pilla-pilla y saltaba a esa sagrada porción de tierra bautizada como casa. Es el alivio que me invadía en ese momento lo que añoro y más ansío cuando la vida se empeña en dar por saco. Qué voy a decir sobre la evasión. Cada cual que se fabrique su propio salvavidas, que nos encontraremos todos flotando. Y para cuando volvamos a caminar con responsabilidades a la espalda, quizá nos invada la curiosidad de saber qué habría contestado aquel vecino de flotador de habernos atrevido a preguntar: y tú... ¿de qué huyes?

jueves, 2 de diciembre de 2010

Desacostumbrémonos

Clap, clap. Clap. Clap. Clap.

Sus pisadas sonaban casi estruendosas en la fría noche. Una noche congelada.

Sonaban, provocando más ruido y más eco de lo habitual. Ambos lo estaban pensando a la vez, mirándose con atención los pies, exhalando nubes blancas de aliento congelado. Pareciendo un par de fumadores compulsivos incapaces de levantar la vista del suelo.

Si al menos estuvieran fumando, tendrían una tonta excusa para no entablar conversación, pero no era así. Tampoco se les había congelado la lengua. Callados por completo. Creando un silencio letal, un silencio incómodo e inexplicable, que pitaba en los oídos y revolvía el estómago. Buscando con prisa algo que decir y desechándolo a los pocos segundos, pero sin el miedo ni el cosquilleo de hace meses, para qué, ya da igual. ¿Daba igual? Ya lo creo que daba igual. Las miradas cansadas de hace un rato en la habitación de ella no habían dejado lugar a dudas, y la llamada de esa tarde (¿Nos vemos? Va ¿Dónde? Donde siempre. Vale. Hasta luego) no podían ser otra cosa que los preliminares, el olor a húmedo de antes de llover. La voz apesumbrada. El evitar mirarse a los ojos.

Joder, joder, joder -pensaba ella- Otra vez. Otra historia que parece diferente y acaba siendo como las demás anteriores. La misma mierda de siempre. Que si ahora dejaremos de hacernos caso, que si ignoraremos cada vez más la existencia del otro, pasaremos semanas y semanas sin hablarnos y un buen día… ¡ey, tía! ¿qué es de tu vida?. La mayor suequedad del mundo, un par de falsos que se cansaron de jugar a sentirse bien el uno con el otro. Tengo que ahorrarme todo este teatro, esta vez no voy a soportarlo. Dios, quiero salir corriendo de aquí YA.


- Oye, que… -soltó frenando de repente, debilitando el coro de pisadas- …que lo siento mucho de verdad, pero no te voy a acompañar a casa. Soy tan tonta que he bajado sólo con esta chaquetilla y… me estoy congelando. ¿Te importa?

Su mirada entre interrogante y desesperada intentaba por todos los medios resultar convincente. Ójala tuviera ganas de acompañarle, ójala quisera retenerle como el secuestrador hace con su rehén, en una habitación, horas y horas… como antes. Mierda, esto no es justo.

Él no sabía que no pensaba ir a casa, sino a dar un largo paseo y a ponerse el tema Semilla en la tierra de Carlos Chaouen en mode repeat hasta agotar la batería del mp3. Y a maldecir en voz bajita. Y a dar patadas a las piedras.

Pero para su asombro, él estaba tranquilo. Sereno.

- No te preocupes. – la miró fijamente a los ojos, por primera vez en toda la noche. Miró al cielo, como intentando distraerse- Bueno… -sonrió y volvió a mirarla- cuídate. Cuídate mucho, ¿vale? – posó la mano sobre su hombro izquierdo y se lo apretó fuerte- Hasta la próxima.

Se dio la vuelta y siguió caminando. Ella, con los ojos como platos, ni había emitido un sonido.

Ostras…¡él también lo sabía! Y en vez de hacerse el sorprendido me ha seguido el rollo… -comenzó a caminar en dirección a su casa, pensativa - por lo menos nos ha ahorrado el tener que fingir.

Sacó el mp3 del bolsillo de la chaqueta y comenzó a desenrollar el cable de los auriculares con rapidez, provocando que se enredaran aún más- Mecagüen….- empezó a pelearse con el lío de cables, cada vez más furiosa, hasta que…


BIP, BIP, BIP!

Saca su móvil del bolsillo. Un mensaje nuevo. De él. Lo abre despacio.

"Mira debajo de tu almohada".


¿Qué..? ¿Por qué? Hoy no me entero de nada…

Echó a andar, cada vez y más rápido.

¿¿Debajo de mi almohada??

Y luego corrió, y llegó en poco más de un minuto a su portal. Subió a su casa comida por la impaciencia, llegó a su habitación, levantó la almohada… Un sobre, con una carta en su interior. Lo abrió y comenzó a leer…


Carta para el día en que nos acostumbremos.

Ésta es la carta para el día en que el frío nos pueda. Sí, cuando sepas quién llama y no lo quieras coger.

Cuando nuestros gestos sean una coreografía estudiada y practicada hasta la saciedad y la pereza no nos deje contemplar alternativas. Para el día en que tengamos que obligarnos a las caricias, limitados al respeto, por mera complacencia, con las manos pesadas y los dedos fríos. Para el día en que resoplemos cuando hablemos de vernos, pero lo disimulemos cara a cara como el mejor actor.

Para el día en que lleguen las excusas, las falsas prisas y los cuentos chinos. Cuando notemos el silencio agazapado en la garganta, y pese, y ahogue, y nos dé ganas de salir corriendo cada uno en distinta dirección… para estar solos, y echarlo todo, gritárselo al aire, maldiciendo el día en que la rutina se coló sin que te diras ni cuenta. Sin que nos diésemos cuenta.

Cuando sintamos el deber de dar explicaciones, por esto, por aquello (las gilipolleces de siempre), por lo que todo el mundo considera importante. Cuando nos sorprendamos asumiendo un rol que no habíamos elegido. Cuando ya no volemos con los pies en el suelo. Cuando ya no exista la emoción de encontrarse en cualquier lugar. Ni las miradas furtivas. Ni impulsos. Ni locuras. El día en que lo típico nos trague enteritos, de pies a cabeza, te voy a pedir una cosa: CORRE.

Corre más rápido que todos los tópicos, y no te des prisa en volver, porque no te pediré que lo hagas. No te esperaré y en el fondo sabré que volveré a verte. Cojamos cada uno un camino distinto y probemos a tropezarnos con las piedras que nos vayamos encontrando, no dejemos nada sin hacer, quememos noches, bares, portales, ascensores, camas, sofás y parques; y dejemos que el azar decida cuándo nos encontraremos.

Y cuando nos veamos venir de lejos, que se manifieste el repiqueo del estómago, que nos miremos fijamente, conociéndonos y a la vez siendo dos desconocidos que han aprendido la misma lección.

No, no te acostumbres a mí. Ni a mis gestos, ni a mi cara, ni a mi voz. Ni a mi mundo.

Volvamos a ser esos colegas de banco, pei y cerveza. Y hagamos como antes de empezar, reprimamos el deseo espontáneo y reservémoslo hasta que llegue la hora de echar de menos el encendernos con las manos, el contacto de los labios, el redoble de mirarse a los ojos intentando adivinar las intenciones.

No sé, quizás es mi miedo a volver a sentir aquello de “la cosa se ha jodido”, quizás porque sería una de tantas veces que dejo que la resignación me invada y se cargue la ilusión de empezar de nuevo.

Quizás porque pienso que sería una pena aceptar algo normal contigo, cuando a tu lado las etiquetas y denominaciones estándar acaban en la basura, y lo que somos o dejamos de ser lo decide un comecocos de papel.

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Y se quedó mirando un rato por la ventana, cuando consiguió levantar la vista del folio.

Inmóvil. Inexpresiva.

De pronto, se sacó el móvil del bolsillo y comenzó a escribir.

"Acabo de echar a correr"

Y tras enviárselo salió de la habitación, con la sonrisa pintada en la cara, dispuesta a verse una película de esas de llorar a moco tendido… por llevarse un poco la contraria, por qué no.


Pero con esa sensación de calor por dentro, esa seguridad de saber que esta vez… no, esta vez no es como las demás.


(Y cuando el frío te pueda… escúchala)