jueves 17 de noviembre de 2011

Lamron

A veces pasa que te levantas de la cama y sientes que ese día que tenía que llegar.
Un día cualquiera en tu calendario. Pero ya desde primera hora lo sabes, no va a ser normal.

Mientras te lo repites en la cabeza, vas intentando desmenuzar el significado de esa palabra.

Normal.

Normal. ¿Qué es normal? Normal es levantarme de la cama un día cualquiera y no preguntarme estas cosas, joder. Ducharme, vestirme, bajar a desayunar, como en un día normal.

Normal.
Normal, normal, normal.
Cuantas más veces lo pronuncias más extraño te resulta, es cada vez más ajeno a ti.

Nnnnooooorrrrrrmaaaaaaalllllll.

Vas fijándote en todos tus gestos, preguntándote si estarán siendo ejecutados por simple automatismo, como si hubieras dejado la mitad de tu mente en piloto automático y la otra
mitad lo observara todo desde fuera, medio flipando por lo curioso de la situación.

La mitad que lo observa soy yo, es quien habla ahora mismo. Mientras, el piloto se
encarga de guiar mis manos hacia el frigorífico, coger el zumo y echármelo en un vaso.

Mirando intermitentemente al reloj de la cocina, sin ver la hora.

Sí, definitivamente, hoy es un día como los demás


(desterrando viejos textos para paliar la falta de creatividad. 20/7/2010)

martes 7 de junio de 2011

¿Qué quieres?

Entonces, cerró el pico.
No iba a poder responder tan fácilmente a esa pregunta. Enmudeció y miró a su alrededor. Normalmente las contestaciones solían llegar a su cabeza sin demasiada dificultad, pero ésta vez no le estaba ocurriendo igual.

¿Qué narices...?
Miraba.
Su mirada se posaba en un lado y en otro, esquivando lo que evidentemente no quería ver.
Miraba al coche que pasaba por su lado.
Al perro con las patas excesivamente cortas.
A la columna.
Al chicle pisoteado en el suelo.
A los takeos de la pared.
A la gente riendo ruidosamente en las terrazas. Finalmente reparó en su cara de impaciencia, con esa expresión que parecía rezar en letras de neón "DILO YA". Instintivamente volvió a mirar al chicle. Una hormiga tiraba de él con insistencia, como dispuesta a estarse así el tiempo que hiciera falta hasta despegarlo entero y llevárselo a la madriguera. ¡Mirad, chicas! lo he hecho yo solita. Se sorprendió en estas cavilaciones sin ningún sentido y utilidad y sintió vergüenza.
Vergüenza por no ser capaz de preocuparse de lo que estaba ocurriendo, cuando se le estaba pidiendo a grito mudo que respondiera, y rápido. Qué iba a responder, si tenía el cerebro congelado y la garganta dormida de la impotencia.

Impotencia de llevar toda una vida pidiendo las cosas claras para, una vez llegado el momento, no saber ni qué decir,
ni qué pensar

... ni adónde mirar.






Quiero que me oigas sin juzgarme.
Quiero que opines sin aconsejarme.
Quiero que confíes en mí, sin exigirme.
Quiero que me ayudes sin intentar decidir por mí.
Quiero que me cuides sin anularme.
Quiero que me mires, sin proyectar tus cosas en mí.
Quiero que me abraces sin a s f i x i a r m e.
Quiero que me animes sin empujarme.
Quiero que me sostengas sin hacerte cargo de mí.
Quiero que me protejas sin mentiras.
Quiero que te acerques sin invadirme.
Quiero que conozcas las cosas mías que más te disgusten,
que las aceptes y no pretendas cambiarlas.
Quiero que sepas...
que hoy puedes contar conmigo.
Sin condiciones.








[Jorge Bucay.]

domingo 13 de marzo de 2011

Pompas

Un gato dándole zarpazos al ovillo de lana que tengo por mente sacaría más provecho al tiempo que yo intentando desenredarlo. Al menos, él se divertiría un poco. Seguro que sabe que escarbando a conciencia encontraría en el núcleo de esa maraña enfermiza una puerta a un mundo paralelo en el que, en ese momento, habría otro gato aparentemente distinto, jugando con un ovillo de lana de distinto color, acercándose a lo que nuestro gato entiende por mundo real. Seguro que piensa, divertido, ¡de lo que es capaz la mente para convencernos de que no estamos solos vayamos donde vayamos!... aunque en realidad, lo estemos. Lo de sentirse solo viviendo con gente continuamente alrededor no es nada nuevo, así como sentirse pequeño, torpe y primitivo en una gran ciudad. A veces prefiero mi pompa, esa que establece la barrera entre un entorno susceptible y traicionero y la seguridad de sentirse a salvo, como cuando de pequeña jugaba al pilla-pilla y saltaba a esa sagrada porción de tierra bautizada como casa. Es el alivio que me invadía en ese momento lo que añoro y más ansío cuando la vida se empeña en dar por saco. Qué voy a decir sobre la evasión. Cada cual que se fabrique su propio salvavidas, que nos encontraremos todos flotando. Y para cuando volvamos a caminar con responsabilidades a la espalda, quizá nos invada la curiosidad de saber qué habría contestado aquel vecino de flotador de habernos atrevido a preguntar: y tú... ¿de qué huyes?

jueves 2 de diciembre de 2010

Desacostumbrémonos

Clap, clap. Clap. Clap. Clap.

Sus pisadas sonaban casi estruendosas en la fría noche. Una noche congelada.

Sonaban, provocando más ruido y más eco de lo habitual. Ambos lo estaban pensando a la vez, mirándose con atención los pies, exhalando nubes blancas de aliento congelado. Pareciendo un par de fumadores compulsivos incapaces de levantar la vista del suelo.

Si al menos estuvieran fumando, tendrían una tonta excusa para no entablar conversación, pero no era así. Tampoco se les había congelado la lengua. Callados por completo. Creando un silencio letal, un silencio incómodo e inexplicable, que pitaba en los oídos y revolvía el estómago. Buscando con prisa algo que decir y desechándolo a los pocos segundos, pero sin el miedo ni el cosquilleo de hace meses, para qué, ya da igual. ¿Daba igual? Ya lo creo que daba igual. Las miradas cansadas de hace un rato en la habitación de ella no habían dejado lugar a dudas, y la llamada de esa tarde (¿Nos vemos? Va ¿Dónde? Donde siempre. Vale. Hasta luego) no podían ser otra cosa que los preliminares, el olor a húmedo de antes de llover. La voz apesumbrada. El evitar mirarse a los ojos.

Joder, joder, joder -pensaba ella- Otra vez. Otra historia que parece diferente y acaba siendo como las demás anteriores. La misma mierda de siempre. Que si ahora dejaremos de hacernos caso, que si ignoraremos cada vez más la existencia del otro, pasaremos semanas y semanas sin hablarnos y un buen día… ¡ey, tía! ¿qué es de tu vida?. La mayor suequedad del mundo, un par de falsos que se cansaron de jugar a sentirse bien el uno con el otro. Tengo que ahorrarme todo este teatro, esta vez no voy a soportarlo. Dios, quiero salir corriendo de aquí YA.


- Oye, que… -soltó frenando de repente, debilitando el coro de pisadas- …que lo siento mucho de verdad, pero no te voy a acompañar a casa. Soy tan tonta que he bajado sólo con esta chaquetilla y… me estoy congelando. ¿Te importa?

Su mirada entre interrogante y desesperada intentaba por todos los medios resultar convincente. Ójala tuviera ganas de acompañarle, ójala quisera retenerle como el secuestrador hace con su rehén, en una habitación, horas y horas… como antes. Mierda, esto no es justo.

Él no sabía que no pensaba ir a casa, sino a dar un largo paseo y a ponerse el tema Semilla en la tierra de Carlos Chaouen en mode repeat hasta agotar la batería del mp3. Y a maldecir en voz bajita. Y a dar patadas a las piedras.

Pero para su asombro, él estaba tranquilo. Sereno.

- No te preocupes. – la miró fijamente a los ojos, por primera vez en toda la noche. Miró al cielo, como intentando distraerse- Bueno… -sonrió y volvió a mirarla- cuídate. Cuídate mucho, ¿vale? – posó la mano sobre su hombro izquierdo y se lo apretó fuerte- Hasta la próxima.

Se dio la vuelta y siguió caminando. Ella, con los ojos como platos, ni había emitido un sonido.

Ostras…¡él también lo sabía! Y en vez de hacerse el sorprendido me ha seguido el rollo… -comenzó a caminar en dirección a su casa, pensativa - por lo menos nos ha ahorrado el tener que fingir.

Sacó el mp3 del bolsillo de la chaqueta y comenzó a desenrollar el cable de los auriculares con rapidez, provocando que se enredaran aún más- Mecagüen….- empezó a pelearse con el lío de cables, cada vez más furiosa, hasta que…


BIP, BIP, BIP!

Saca su móvil del bolsillo. Un mensaje nuevo. De él. Lo abre despacio.

"Mira debajo de tu almohada".


¿Qué..? ¿Por qué? Hoy no me entero de nada…

Echó a andar, cada vez y más rápido.

¿¿Debajo de mi almohada??

Y luego corrió, y llegó en poco más de un minuto a su portal. Subió a su casa comida por la impaciencia, llegó a su habitación, levantó la almohada… Un sobre, con una carta en su interior. Lo abrió y comenzó a leer…


Carta para el día en que nos acostumbremos.

Ésta es la carta para el día en que el frío nos pueda. Sí, cuando sepas quién llama y no lo quieras coger.

Cuando nuestros gestos sean una coreografía estudiada y practicada hasta la saciedad y la pereza no nos deje contemplar alternativas. Para el día en que tengamos que obligarnos a las caricias, limitados al respeto, por mera complacencia, con las manos pesadas y los dedos fríos. Para el día en que resoplemos cuando hablemos de vernos, pero lo disimulemos cara a cara como el mejor actor.

Para el día en que lleguen las excusas, las falsas prisas y los cuentos chinos. Cuando notemos el silencio agazapado en la garganta, y pese, y ahogue, y nos dé ganas de salir corriendo cada uno en distinta dirección… para estar solos, y echarlo todo, gritárselo al aire, maldiciendo el día en que la rutina se coló sin que te diras ni cuenta. Sin que nos diésemos cuenta.

Cuando sintamos el deber de dar explicaciones, por esto, por aquello (las gilipolleces de siempre), por lo que todo el mundo considera importante. Cuando nos sorprendamos asumiendo un rol que no habíamos elegido. Cuando ya no volemos con los pies en el suelo. Cuando ya no exista la emoción de encontrarse en cualquier lugar. Ni las miradas furtivas. Ni impulsos. Ni locuras. El día en que lo típico nos trague enteritos, de pies a cabeza, te voy a pedir una cosa: CORRE.

Corre más rápido que todos los tópicos, y no te des prisa en volver, porque no te pediré que lo hagas. No te esperaré y en el fondo sabré que volveré a verte. Cojamos cada uno un camino distinto y probemos a tropezarnos con las piedras que nos vayamos encontrando, no dejemos nada sin hacer, quememos noches, bares, portales, ascensores, camas, sofás y parques; y dejemos que el azar decida cuándo nos encontraremos.

Y cuando nos veamos venir de lejos, que se manifieste el repiqueo del estómago, que nos miremos fijamente, conociéndonos y a la vez siendo dos desconocidos que han aprendido la misma lección.

No, no te acostumbres a mí. Ni a mis gestos, ni a mi cara, ni a mi voz. Ni a mi mundo.

Volvamos a ser esos colegas de banco, pei y cerveza. Y hagamos como antes de empezar, reprimamos el deseo espontáneo y reservémoslo hasta que llegue la hora de echar de menos el encendernos con las manos, el contacto de los labios, el redoble de mirarse a los ojos intentando adivinar las intenciones.

No sé, quizás es mi miedo a volver a sentir aquello de “la cosa se ha jodido”, quizás porque sería una de tantas veces que dejo que la resignación me invada y se cargue la ilusión de empezar de nuevo.

Quizás porque pienso que sería una pena aceptar algo normal contigo, cuando a tu lado las etiquetas y denominaciones estándar acaban en la basura, y lo que somos o dejamos de ser lo decide un comecocos de papel.

----

Y se quedó mirando un rato por la ventana, cuando consiguió levantar la vista del folio.

Inmóvil. Inexpresiva.

De pronto, se sacó el móvil del bolsillo y comenzó a escribir.

"Acabo de echar a correr"

Y tras enviárselo salió de la habitación, con la sonrisa pintada en la cara, dispuesta a verse una película de esas de llorar a moco tendido… por llevarse un poco la contraria, por qué no.


Pero con esa sensación de calor por dentro, esa seguridad de saber que esta vez… no, esta vez no es como las demás.


(Y cuando el frío te pueda… escúchala)

martes 30 de noviembre de 2010

A veces menos es más, sobre todo si al final no te quedas con las ganas. Hay días en que sólo con salir te desoxidas, y sólo con una palabra te animas. Hay momentos en que no deberíamos hacernos mucho caso. Queremos creer en el destino para no tener miedo de lo que nos va ocurriendo, estaba escrito. El mundo gira, la gente se mueve, la marea sube y baja y es imposible no mojarse cuando las olas golpean. Es lo suyo, es lo que tiene estar donde estás, ser quien eres. Curioso el desparpajo que le echamos a la vida, tanto como el miedo irracional. No intentes conocerte, deja algo de misterio para el final. Pero no te quedes con las ganas. Y no te hagas mucho caso. A veces, menos es más.

domingo 21 de noviembre de 2010

Diríalo quién!

Me podría estar horas contemplando la evolución de las cosas. Ya lo creo. Lo que ayer era blanco hoy es negro y mañana podría ser azul. Me gusta compartirlo con la gente, ver las expresiones en sus caras, la forma de divagar de sus ojos, intentando adivinar a qué recuerdo estarán haciendo una visita relámpago. Me gusta el suspiro, el proyecto de risa que se queda en exhalación, el quién lo diría. Quién lo iba a decir, y nosotros aquí.
Me fascina cómo la costumbre puede afianzar y romper al mismo tiempo. Cómo a veces el propio tiempo no es suficiente, si no va acompañado de un plus que lo convierta en valioso.
Cómo a veces creemos saber cómo acabará la historia, y de repente ¡zas!, un giro inesperado, una situación inesperada y los personajes menos predecibles apareciendo en escena, y nosotros levantándonos y aplaudiendo durante los créditos, sienténdonos unos felices muñecos de trapo, sí señor, qué peliculón. Qué buena jugada...
(y qué bien no haberla visto venir).

miércoles 17 de noviembre de 2010

Expectante

En realidad nosotros somos como las comedias cuando uno llega al teatro en el segundo acto: Todo es muy bonito pero no se entiende nada. Los actores hablan y actúan no se sabe por qué, a causa de qué. Proyectamos en ellos nuestra propia ignorancia, y nos parecen unos locos que entran y salen muy decididos.


[Cap.28, Rayuela. Cortázar.]

martes 31 de agosto de 2010

(.) y aparte

Siempre pensaste que crecer era sinónimo de progresar.
Qué pequeña te veías, sabiendo que quedaba tanto por llegar, saboreabas la vida y un año te parecía una eternidad.
Pero te gustaba.

Expresiones como
el tiempo vuela y aprovecha mientras puedas te sonaban a chino mandarín, tenías la sensación de que nunca dejarías de ir al instituto. Con lo interminable que se te hacía, cuánto quedaba por llegar al final, por llegar al último curso y pirarte de alli, seguir un camino distinto al de tus amigos, una nueva etapa en la que para entonces ya estarías preparada. Pero aún era pronto para rallarse con esas cosas, para ser tan responsable.
Ya me llegará
, decías. Y jugabas a calmar tus desvaríos de madurez, con la reconfortante seguridad de saber que tu turno para plantar cara a la vida quedaba bien lejos.

Pero el tiempo voló, y lo que llamabas vida normal se convirtió de repente en un conjunto de recuerdos muy felices, y el presente vino de frente hacia ti, y te pilló desprevenida, porque aun habiendo tenido tantas horas de supuesta preparación para el cambio, en realidad estabas completamente desarmada. Por el camino pillaste unas cuantas inseguridades y te las cargaste a la espalda y... desde ese momento la vida ha seguido, pero tú no.

Tú te has quedado atrás y no sabes dónde. Y cada mañana te dices que será un buen día, pero no hay noche en que te acuestes sin darle vueltas a la cabeza, preguntándote ¿dónde estoy?, y eso, por lo que tienes entendido, no es normal.
Y a veces sientes que te estás acostumbrando a vivir de una forma que no es tu forma, que algo dentro de ti se ha evaporado. Quieres recuperar algo que no sabes qué es, pero que era tuyo. ¿Autenticidad? Ni siquiera sabes si puedes describirlo, pero quizás esa es la palabra que más se aproxima.
Quieres ser la tú de siempre.

La de siempre, la que te hace estar orgullosa de cada cosa que haces, la que consigue que hagas cosas que te enorgullezcan.

¿Y si la de siempre se quedó en los recuerdos felices? ¿Y si vio venir el cambio y se acojonó, se aferró a todo lo que había vivido hasta entonces y no quiso soltarlo...
y te dejó caminar sola hasta donde has llegado ahora?

¿Y si eso es lo que tenía que pasar y tú no has sabido verlo? ¿Y si las inseguridades sólo son una mierda de delirios de una chica de 16 en la mente de una de 19?
Llevas todo este tiempo pensando que todo debería funcionar como lo hacía antes para que tú fueras feliz, pero el tiempo pasa y todo cambia a tu alrededor... todo menos tú. Estás parada en mitad de la corriente y el agua por la que antes fluías te golpea, te está haciendo daño. Y observas todo lo que se mueve a tu alrededor, cómo cambia y progresa, entre maravillada y descolocada. Qué bien lo hacen. A lo mejor, si te dejas llevar, no sabrás esquivar las rocas, de hecho estás casi casi convencida, y el miedo te paraliza.

Y así llevas, cerca de dos años y pico (¿puede ser?) en ese estado de standby que a veces es un refugio y a veces una pesadilla.

Es como una mala racha constante con buenos ratos, un zumbido de fondo sobre el que a veces se escuchan melodías preciosas, pero que nunca se va.

Pero tal y como escuchaste hace poco, malas rachas nunca son en balde, y sientes que se acabó.

Que tú la tienes que acabar, porque te da la real gana.
Y porque, aunque nunca tuviste mucha fuerza de voluntad, sientes que algo dentro de ti te lo está pidiendo a gritos: ¡¡acción, por favor, ACCIÓN!!


lunes 16 de agosto de 2010

Hombres

Hay piedras que tropiezan hasta tres veces con el mismo hombre.
El mismo que, después, corre a juntarse con otros hombres para armar jaleo en el estómago de alguna mariposa que acto seguido se da cuenta de que, vaya... se ha enamorado.
Estos hombres son los mejores amigos del perro, y si les cogen cariño son capaces de seguirles fielmente a todas partes, darles la patita y esperar humildemente una caricia, a veces hasta un premio por haber sido tan obedientes.
En algunos pueblos, esperan pacientemente a que despunte el alba y entonces se ponen a cantar: es entonces cuando el gallo se despierta y empieza su rutina.
Hay noches que aúllan en la espesura de los bosques, asustando a algunos lobos (si estos se encuentran reunidos alrededor de alguna hoguera, contando historias espeluznantes, el susto es aún mayor).
En las noches de verano los grillos pueden escucharles canturrear entre los matorrales hasta que sale el sol (no siempre son los mismos, a menudo se turnan con otros hombres para colarse por las ventanas y picar a los mosquitos de sangre dulce cuando están dormidos)
Hay hombres adictivos y drogas que necesitan desintoxicarse de ellos.
Hay hombres que recomiendan ser consumidos con moderación.
Hay hombres que son plantados en macetas, introducidos en jarrones y cultivados en jardines. Las flores gustan de olerlos y regarlos de vez en cuando.
Hay hombres que algunos instrumentos consiguen tocar, y si sáben dónde y cómo hacerlo, crean música.

...

Hay insomnios que son visitados en plena noche por el hombre, y no consiguen dormir. Y se ponen a escribir, y a escribir, y a escribir...
(hasta que el hombre les deja en paz y se va a visitar al sentido común, que después de pensar un rato le dice que ya está bien de tanto hacer el tonto, vamos a cambiarnos las tornas que esto es muy raro y yo ya me he cansado de este juego...anda y vete a la cama, que mañana otro hombre, digooo gallo, cantará)